Mucho se ha hablado en este blog sobre grabaciones, ya sean de estudio o “live”, normalmente hemos hablado de las grabaciones buenas, hoy vamos a darnos una vuelta por el museo de los horrores…
Empezamos

Bien, una grabación que ya de por sí incluye a Levine, un director chusco y funcional, debe tirarnos hacia atras. Esto solo empieza en la trompetera y ruidosa dirección del americano, porque por el medio tenemos al Rigoletto de Vladimir Chernov, que no molesta ni hace demasiado ruido, pero siempre esta presente, y tenemos a la pareja protagonista y de enamorados, Cheryl Studer como Gilda y Luciano Pavarotti como il Duca. Studer es una de las sopranos que más arriba estan en mi odiómetro, era una voz que en principio podría ser interesante, peeeeeeeeeeeeeero, le pudo la ambición y termino en menos de 8 años con la voz destrozada, pero eso sí, con un amplísimo repertorio, que nunca hizo bien. Aquí nos presenta una Gilda insufrible, con un vibrato sismográfico y unas subidas al agudo convertidas en puros chillidos. Nadie puede dudar de la calidad del Duca de Pavarotti, un papel en el que se encontraba cómodo por la elevada tesitura y en el que reinó durante mucho tiempo, con el permiso de Alfredo Kraus y Carlo Bergonzi. Pero hablamos de los años 70, un timbre jóven, fresco y de insultante belleza, aquí, estamos en los 90, los excesos de Pavarotti han pasado factura, y nos muestra una voz marchita, sin un ápice de la belleza anterior y destemplado, terrorífico. Por lo menos nos ahorra las subidas al agudo, que si ya en los 80, y en estudio eran forzadas… Un espanto

Pero es que el trio Pavarotti-Studer-Levine no se conformó solo con Rigoletto, fue un paso más allá y con la colaboración inestimable del barítono español Joan Pons, obraron el milagro. Otra dirección chusca y de extrarradio del Maestro que lleva más de 30 años como director musical de uno de los teatros más importantes del mundo, como es el MET. Pavarotti es un Alfredo ya mayor, timbre avejentado pero sobretodo, sin ninguna pasión e interés, parece un oficinista esperando a que acabe su turno. Studer, en su cruzada “cantaré más papeles que nadie y en menos tiempo” nos muestra OTRA VEZ su amplísiiiiiiiiimo vibrato y sus molestísimas mañas, que hacen de su Violetta un papel que estamos deseando que muera rapido y dolorosamente. Joan Pons, siempre he tenido curiosidad por como ha sido esta voz una de las más importantes de los últimos 20 años, nos hace un Germont indescriptible, tanto que no tengo palabras para expresar lo que siento. Dejemoslo ahí.

Y como no podía salir en un museo de los horrores una grabación con Fernando Corena… ahí la tenemos. Corena, supuesto bajo, es una de las voces más horrorosa de la historia de este mundillo del canto. En sí, en otras palabras, más malo que la carne de caballo. Bufonada tras otra, linea de canto inexistente, no hablemos de registros por el amor de Dios que me meo toda, el horror personificado. Aunque no se el por qué de la OMNISCIENTE presencia de este destajista en la mayoria de las grabaciones de la DECCA durante 30 años. Y es impresionante ver, como una voz de semejante calibre, pudo interpretar papeles casi protagonistas, como es el Leporello en el Don Giovanni, el conde Rodolfo en La Sonnambula, junto a una IMPRESIONANTE Joan Sutherland, o este mismo Don Pasquale. Que es una comedia, sí, por el descojono que produce ver al señor Corena de protagonista y “cantando” como “canta”. Ella es Graziella Sciutti, otra de las sopranos que más arriba esta en mi odiómetro personal, una voz pequeña, casi ratuna, y lo peor, MÁS cursi que un sombrero rosa. Ya venía de destrozar una parte de verdadera “zorra” como es Zerlina, y nos ofrece aquí una edulcoradísima versión. Tanto Krause como Malatesta como Oncina como Ernesto estan bien, no hay queja, el primero es un buen barítono y el segundo un tenor que con sus limitaciones hizo una buena carrera. Pero a huir de ella como de la peste debido al señor Corena y a la sita Sciutti.

Conste que Carreras no esta mal, al reves, hace un Turiddu hasta convicente y como Canio no molesta mucho, pero tenemos dos problemas: Montserrat Caballé y Renata Scotto, dos enormes sopranos, pero COÑO en su repertorio. Ver a Caballé de Santuzza, da verdadero miedo. No puede ni por asomo con la tesitura, tira del petto para darle mayor fuste a unos graves de los que carece, y por si fuera poco, utiliza esa voz tan alla “Caballé” una mezcla entre petto y piangendo para completar una actuación desastrosa. Scotto, es una voz dificil la de Scotto, y que a mí particularmente ME ENCANTA, pero como Nedda, pues… Quiero decir, a Scotto, como a muchas, al final, bueno y no tan final, que este Pagliacci es de principios de los 80, se les fue la pelota. Scotto, una lírico ligera que termino con un centro más grande a costa de sacrificar un registro agudo, que fue cada vez más aristado e hiriente, tenía además un caracter muy dificil, que no pega nada con Nedda. Su Nedda además es estridente y esta lastrada por los ritmos que le impone un Muti decidido a limpiar la partitura de toda tradición veristoide, y que se carga al fin y al cabo, el interés de la grabación. Aparte de los cantantes, la culpa de que estas grabaciones hagan agua, la tiene el señor Riccardo Muti, que en su cruzada por la ortodoxia canora, nos quita cosas interesantes.

Y volvemos a meternos con Muti. Tres patas pa un banco, Eaglen, Mei y TACHAN TACHAN La Scola. Eaglen nunca ha sido una gran soprano, y si ha sobresalido en algo, muy poco, ha sido en el territorio wagneriano, y Wagner es a Bellini como un huevo a una castaña. Chillidos en el agudo, caladas, coloratura nula (¿UNA NORMA SIN COLORATURA?) y demás lindezas nos ofrece Eaglen, además lastrada por el pesadíiiiiiiiiiiiiisimo ritmo que impone Muti y que la destroza sin piedad. Eva Mei es una soprano de coloratura, y es muy cursi y relamida. La tradición exije una soprano para Norma, una mezzo para Adalgisa, no para Muti, cuyo intento de una Norma con dos sopranos podría haber estado bien, si hubiera escogido mejor el cast. ¿Como esta Eva Mei? pues fuera de sitio, como va a estar. Pero falta el plato fuerte, el movidote del asunto, falta el gran Vincezo La Scola, un tio que empezó de lírico, cantando Ducas y demás, a cantar spintos, y así le ha ido, y así le va en esta versión, en la que…. ay madre. Oroveso era tan insulso que no merece la pena ni que le nombremos. Bonita forma esta de Muti de destrozar una de las piedras angulares del belcanto.

No, si ya me hago cargo de que hasta la portada asusta, pero es lo que hay. En pleno éxito español en 1992, con la organización de las olimpiadas en Barcelona y la Expo de Sevilla, Plácido Domingo se propuso un reto: Homenajearé a Sevilla, aunque sea lo último que haga. Y así lo hizo, grabó para DG un “Hommage To Seville” en el que el mismo canta las partes de Almaviva y Fígaro del Barbiere rossiniano, pero no contento con eso, se metió en un estudio de grabación y… Bueno, lo primero que impacta, aparte de la portada, es ver el ilustrísimo nombre de un director tan venerado como es Claudio Abbado dirigiendo la empresa, cosa rara, muchos dineritus me imagino. Plácido Domingo de qué puede hacer… en efecto, el mismo será Fígaro, con dos cojones si señor. Que más da que tenga una coloratura absolutamente deficiente, que este hierático y muy poco/nada gracioso, el simple placer de escuchar el Fígaro de Domingo ya merece la pena. A su lado tenemos a Kathleen Battle, en la onda de rescatar las Rosinas jilgueritos que viven en el sobreagudo y que no ofrecen nada, y si ya tuviera un timbre agradable ya sería la leche. De Almaviva tenemos al inefable Frank Lopardo, que digo yo como un tio con esa voz tan FEA y que cantaba asin pudo hacer carrera… En el vagón de cola tenemos al Bartolo, del que no tengo recuerdo y al Basilio de Ruggero Raimondi, único papel que quizá hace bien, y que no dice mucho en su favor…

Para terminar, por hoy…
Aaaaaaaaahh que me da el ataque, Gilda, Violetta y ahora también Lucia cae en las garras de la Studer, que le hace un siete a la pobre y la deja más maltrecha de lo que estaba. No tengo valor para volver a colgar su “pazzia” pero es de las de mear y no echar ni gota. El resto se resuelve en lo mismo de antes. Sorprende y MUCHO ver a dos tios como Domingo y Pons en una opera belcantista, es algo asi como “Canio and Tonio goes to XIXth y bajan un tono” El Edgardo de Domingo es para oirlo, solo hace falta ver como resuelve su duo del primer acto y como muere, con esos Si3 sacados con forceps, con un canto muscular y esforzadísimo. Qué podemos decir de Pons que no se haya dicho antes, pues mejor no decimos nada. Ramey es el único que quizá se defiende, pero es porque navega en su terreno, mientras los otros ya hace tiempo que se han ahogado. La dirección de Ion Marin no tiene nada reseñable
continuaremos
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