Joan Sutherland, es uno de los fenomenos vocales más grandes del siglo XX, y una de esas cantantes que han escrito su nombre con letras de oro en la historia de la música y porqué no decirlo una de mis debilidades.
Mucho o poco, siempre más mal que bien, se ha hablado en este lugar sobre la figura de la australiana, pero nunca hemos entrado de lleno en una de las partes que cimentan la carrera de un cantante: su discografía, afortunadamente, para el bel canto y para los admiradores de la Stupenda, Sutherland tiene una de las discografías más prolíficas del siglo, y merece la pena ser revisitada
Los años 50
Los años 50 tienen un doble significado para Sutherland, por una parte encontramos sus “anni di galera” con sus incontables comprimarios en el Covent Garden, y por otra sus primeros pasos como solista y su primer gran triunfo internacional. A Sutherland podemos escucharla en esos incipientes 50, como la Sacerdotisa de “Aída” en la legendaria función londinense con Maria Callas y Giulietta Simionato o como la niñera y confidente de Norma, Clotilde, en la opera del mismo nombre y con dos cantantes de excepción, Callas y la gran Stignani, además de estar en el Anillo wagneriano que Kempe dirige a mitad de los 50. Pero Sutherland a mediados de los 50, se ha hecho un nombre en la compañia, y sube de categoria, dejando atras a la sacerdotisa, para pasar a la protagonista, Aída, la Amelia del “Ballo in maschera” o la Desdemona del Otello, junto al gran Ramón Vinay.
El año 1959 es un de doble triunfo para Sutherland, por un lado, consigue junto a su ya marido Richard Bonynge, el papel de Lucia di Lammermoor en la producción que Zeffirelli esta creando y que dirige Tullio Serafin, consiguiendo ese gran éxito que le catapulta a la fama internacional y que la llevará a pasear su visión de la loca escocesa por todo el mundo, y es el año también en el que realiza su primera GRAN grabación, en la que vamos a centrarnos, ni más ni menos, que el Don Giovanni de Carlo Maria Giulini…

Se debe observar detenidamente el plantel de estrellas, mayores y menores, claro esta. El Don Giovanni del austriaco Eberhard Wachter, es de los que hacen afición, y es posiblemente uno de los más bellamente cantados dentro de la cuerda baritonal. Su dicción, clara y limpia, sus dotes actorales, necesarias para una opera con tantos recitativos y de tanta importancia como es Don Giovanni, pero sobre todo esa voz, calida y bella, juvenil, tan distinta de la resonante voz de Siepi. Su serenata esta perfectamente cantada, asi como la jodida ”aria dal vino”. Y por si fuera poco, nos ofrece un final de los que ya no se escuchan. El Leporello es uno de los más grandes, porque Giuseppe Taddei hacía bien, cualquier cosa, daba igua que fuera un verismo truculento, un Verdi paternal o terrible, un belcanto totalmente en estilo, y también era un perfecto Mozartiano, como nos evidencia aquí, y también en otros Mozarts, sus Bodas o su Cosí… Aquí nos presenta el perfecto Leporello, sin buffonadas pero manteniendo siempre una sonrisa, su Catálogo es de manual, asi de sencillo, pocos han conseguido igualar esto. Y luego tenemos a las damas, a la tita Lizzie Schwarzkopf en un papel que hizo suyo, Donna Elvira, y a la joven Sutherland, que sienta cátedra como Donna Anna. Empecemos con Schwarzkopf: ahora se le reprocha todo, que si voz pequeña, que si cursi, amanerada, que si estaba en el candelero por su matrimonio, que estaba por encima de otras cantantes con más medios… quesinoseque quesinosecuantos… Total, que una cantante de tres al cuarto. Elisabeth Schwarzkopf, a mí parecer, no es una de las mejores straussianas y mozartianas de todos los tiempos, sino LA liederista por excelencia, no creo que se igualen cotas a las que ella llegó con según que ciclos schubertianos y wolfianos. En esta Donna Elvira el paso del tiempo no se le nota demasiado a Elisabeth, y además es la Elvira, un papel más de mezzo que de soprano, que se adapta bien a la vocalidad de la alemana, con un registro agudo digamos, algo limitado por encima del do5, pero que tiene un centro cremoso y un grave suficiente. Y es un papel que ya tiene asumido, no hay visos de cursi con ganchillo en su Elvira, hay despecho, hay rabia, y esos “Ah, se ritrovo l’empio, e a me non torna ancor, vo’ farmen orrendo scempio, gli vo’ cavare il cor” de su primera aria, ya nos dicen el caracter. Rabia que se torna en amor en el II acto, estupenda la alemana. Y pasamos a la que nos compete, que es la Donna Anna de la Sutherland. Voz purísima, sin esa veladura que le confirió una dicción inteligible, y además con una estupenda, RARO RARÍSIMO, dicción italiana, amén de unos magnificos recitativos. Como delinea su primer aria, y el recitativo previo es una maravilla, de qué forma se adapta al estilo mozartiano en la coda final del I acto, y su maravilloso “Non mi dir” ejemplo de legato y acompañada de un fiato a prueba de bomba, no hay sobreagudos, no hay escalas, no hay trinos con los que la Sutherland pueda lucirse, es su voz, desnuda, paseando por el pentagrama mozartiano, con maestria, para aquellos que dicen que la Sutherland era solo registro agudo, que se tome la molestia de escuchar esta Anna magistral.
Dentro de lo pasable se encuentran una Graziella Sciutti, demasiado ñoña y azucarada para un papel de zorrón, como el de Zerlina (si me lees perdoname, querida) un Luigi Alva, que en sus tiempos lo petaba como rossiniano y mozartiano, pero con unas maneras que hoy nos resultan anticuadas, y no destaca mucho como el bobón Don Ottavio, si bien cumple con sus dos arias y los recitativos, y un Piero Cappuccilli, no esta mal como Masetto, pero se le nota la raiz verdiana, y no esta cómodo, eso sí, el gran Gottlob Frick esta imponente como Comendador, y que da mucho miedo coño ya.
La orquesta suena a las mil maravillas de la mano de un Giulini que encuentra el contrapunto perfecto, una dirección antológica
Te iba a poner un +1 .
Siempre he dicho y diré que Don Giovanni es Siepi, pero en la serenata (siempre me ha enamorado ahí) y en el Finch’ han dal vino (aunque no se la he escuchado a nadie clavarla), me quedo con Wachter.
Lo de meterse con tia Lizzy, son “boutades”. Allá ellos…
Y lo de Giulini es magia